Martín Lagares

En ciertos escultores late el pulso del hombre primitivo, del contacto con el barro primordial, del primer abrazo entre la informa de la materia y el instinto de la forma. Son los escultores que saben palpar en la materia indiferenciada el principio de toda diferencia, que con sus manos logran extraer de la materia bruta un principio de individuación. Sostiene a este respecto José María Moreno Galván sobre la escultura: “desde el momento en que el gesto de tocar se trasciende y se convierte en el gesto de modelar, la materia palpada se individualiza, se autonomiza de su viejo pasivo gregarismo y se hace insolidaria de su origen para originalizarse gracias a su diferencia.” De este modo, el escultor que trabaja con la materia primitiva crea, aun sin pretenderlo, el sentido de una nueva forma. En esa tensión entre forma e informa radica todo, entre “la modelación que individualiza y la des-modelación que recupera el estado pasivo de la materia”.

Esta sinergia entre armonía e indeterminación, proporción e irregularidad, se da en escultores como Pablo Serrano y resulta igualmente visible en el onubense Martín Lagares (La Palma del Condado, 1976). Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Cuenca, que fue faro de la renovación del arte español de la segunda mitad del siglo XX desde su Museo de Arte Abstracto, Martín Lagares se nutrió allí de una concepción del arte como lenguaje siempre por explorar, lenguaje que precisa estar en permanente tensión, entre la forma y la materia, la razón y el corazón, la lógica y el instinto.

Martín Lagares trabaja fundamentalmente con barro, terracota, resina, bronce…, materiales de la inmanencia, lejanos a la nobleza del mármol y su obstinación divinizadora o de trascendencia. Nada es casual. Son los materiales más propicios para generar la tensión creadora y fuertemente expresiva a que aspira su escultura. Decía José María Moreno Galván sobre Pablo Serrano que: “No puede evitar ser hijo de Fidias tanto como del barro.” Y algo similar podríamos decir de Martín Lagares, por ese abrazo antes mencionado entre la informa de la materia y el instinto de la forma que acontece en su obra. Juego entre la informa, por su condición gestual y expresiva, y lo formal, porque todo volumen no puede dejar de ser forma y porque la forma es el límite del vacío. Esta lucha entre forma y expresividad es la clave estética de Martín Lagares, sin vencedores, pese a la aparente victoria de lo expresivo. Como escultor, procura inyectar a cada obra desde sus manos todo su caudal de sentimientos, emociones y raciocinios, dejando su huella casi con violencia expresiva. Pero no debemos confundir este énfasis en lo subjetivo y lo expresivo con una renuncia a la forma, ni a la búsqueda de la dimensión. En la tensión, como decíamos, está su clave estética, en su apuesta por la grandeza de lo inacabado, por la belleza inscrita en la imperfección, por el vínculo inescrutable entre forma y expresión.

Miguel A. Rivero Gómez